Estos días celebramos el segundo aniversario de la revuelta egipcia que, finalmente, acabó con treinta años de dictadura de Hosni Mubarak. Del mismo modo, se cumplen siete meses desde que Mohamed Morsi, elegido en unas elecciones libres y democráticas, se alza con el poder. Un tiempo que, sin embargo, no ha sido suficiente para que el nuevo presidente devuelva a Egipto la estabilidad con la que gozaba tiempo atras.
Siete meses en los que, a pesar de haber habido elecciones libres o de haberse puesto en marcha una Constitución, no han sido suficiente para convencer a la población egipcia de que el cambio es posible.
Día tras día, los manifestantes salen a la calle, toman la emblemática plaza Tahrir y piden la dimisión de Morsi. Le reprochan no cumplir con lo que prometió y redactar una Constitución de corte islamista a la medida de los Hermanos Musulmanes.
La violencia sacude las calles del Cairo y ciudades como Port Said, vigilada por el Ejército y bajo el toque de queda desde el 26 de enero, encabezan el descontento de la población. La oposición ya ha amenazado con boicotear las próximas elecciones que se celebrarán en abril despues de que un juez anulara el resultado de las elecciones parlamentarias de 2012. Y mientras tanto, la economía egipcia sigue callendo y el turismo, principal fuente de ingresos del país, se esfuma a zonas más tranquilas y seguras.
No hay duda que todavía queda mucho por hacer. La revolución sigue sin terminarse y el país vive en una anarquía disfrazada sin que el gobierno sea capaz de apaciguar los ánimos de la sociedad.
Día tras día, los manifestantes salen a la calle, toman la emblemática plaza Tahrir y piden la dimisión de Morsi. Le reprochan no cumplir con lo que prometió y redactar una Constitución de corte islamista a la medida de los Hermanos Musulmanes.
La violencia sacude las calles del Cairo y ciudades como Port Said, vigilada por el Ejército y bajo el toque de queda desde el 26 de enero, encabezan el descontento de la población. La oposición ya ha amenazado con boicotear las próximas elecciones que se celebrarán en abril despues de que un juez anulara el resultado de las elecciones parlamentarias de 2012. Y mientras tanto, la economía egipcia sigue callendo y el turismo, principal fuente de ingresos del país, se esfuma a zonas más tranquilas y seguras.
No hay duda que todavía queda mucho por hacer. La revolución sigue sin terminarse y el país vive en una anarquía disfrazada sin que el gobierno sea capaz de apaciguar los ánimos de la sociedad.